Galería Norte Verde

La ciudad que le escribe cartas a la luna

El presente, el pasado, el futuro, la ciudad de unos, la ciudad de otros, las imágenes, los recuerdos, la espontaneidad del verbo, la desmesura del escribano, la nostalgia.
H.O.Y
¿Es posible vivir sin lugar? ¿Es posible habitar allí donde no se producen lugares?
Massimo Cacciari

La única ciudad que he conocido es una ficción. La vida me ha llevado por otras, de paso, con frío, con lluvia o sol. Pero ha sido ella la que me ha acogido y alguna que otra vez me ha lanzado a los peñascos que asoman frente a su muro. ¡Cómo la estereotipo!

La ciudad de ficción que primero conocí con unos doce años fue la del Coppelia con su cola habitual, la del gentío de la calle Monte, la del lada blanco recogiéndome en la calle Salud y devolviéndome a Cabezas, ese pueblito del que vengo.

La Habana, Coppelia, Cabezas y el Muro del Malecón: Una ficción propia.

Daniel Rodríguez Collazo. Imagen. Cortesía del artista

Luego volví y por más de diez años se convirtió en mi escenario de vida, ¡tantas veces me supe parte de su visualidad caótica y fragmentada! He intentado desde mis pequeñas alucinaciones, recomponerla. Buscarle un sentido a ese acertijo que habité durante diez años. No estoy segura de haberlo conseguido. Yo me enrumbaba en ella todos los días y en esos desplazamientos casi nunca encontré un paisaje dulce. Siempre agreste, punzante, sucia, descalabrada. He llevado La Habana conmigo desde que era apenas una adolescente y significaba entonces la puerta hacia el cambio. Recuerdo cuando volvía cada domingo a la Beca y pasaba el trayecto con la vista fija en los 72 km que me alejaban de aquel sitio. Era casi una obsesión. Todavía hoy me pregunto de qué manera llegué a ella y a quién le tengo que agradecer por eso.

En La Habana me he re-encontrado tantas veces; recién llegada de provincia me perdí por sus calles más angostas y sus avenidas super-arrolladoras y cuando aprendí a moverme sola, mi rol como consumidora de los colores habaneros, se fue trasmutando hasta lo que soy hoy, otra ficción, más personal y construida. Aquella ciudad ha sido el centro hegemónico de mi estabilidad emocional, el espacio por el que desandé mis veinte años. Ha sido a mis ojos, la ciudad de los cambios y del cansancio; la ciudad aniquilada y la ciudad recompuesta. A ella miro en la distancia y me procura un amasijo nostálgico e hiriente. Ya no estoy y sigue allí, aunque ya es otra. Trazada para defenderse de la corrosión de los años y para perderse en el vacío de quienes la abandonan. La ciudad de las formas, la ciudad fortaleza, la selva-ciudad, la ciudad frente al mar. Es también, ciudad fotogénica que me sonríe y se sabe ganadora, lleva siglos sosteniendo toda la carga de su suerte y se resiste a morir. Sabe que donde voy, sigo construyendo esa ficción tan suya.

Hospedero Insular. Acrílico y carboncillo sobre lienzo, 70 x 200 cm, 2013.

En el año 2015 en un taxi camino a La Habana, conocí a Daniel Rodríguez Collazo. Me llamó la atención las historias que le relataba a su hija sobre la ciudad. Le contaba, por ejemplo, que los edificios tenían vida propia y en las noches, respiraban y desprendían un polvillo semejante a las manchas de grafito que decoraban las paredes del estudio de papá; y que esa era la razón por la que la ciudad amanecía a veces tan sucia. Se detenía a explicarle las diferencias entre “sucia” y “fea” y ella parecía comprenderle. Durante el trayecto intercambiamos algunas impresiones sobre el estado deplorable de la “capitalina” y por varios segundos intentamos arreglar ese mundo minúsculo, que también era nuestro. Cuando llegamos a la Terminal de Ómnibus, él ya sabía que yo trabajaba en una galería y yo, que él dibujaba y se servía para ello de la amplia gama estructural que componía la urbe habanera.

Inside. Carboncillo y acrílico sobre lienzo, 94 x 138 cm, 2015

Unas semanas más tarde visité su estudio. Sospechaba que fuera mentira su dibujo primigenio a mano alzada y aquel pensamiento racional, involucrado con la técnica en tiempos de un facilismo pedante. Necesitaba ver con mis propios ojos, si era auténtica aquella monocromía erudita de sus obras. ¡Qué ingenuidad la mía! Él lo dibujaba todo y trabajaba hasta el más preciso detalle. Recuerdo sus palabras cuando comentábamos acerca del tratamiento que confería a sus obras, que por momentos podía parecer automático:

(…) a veces lo que me pasa es que hay personas que piensan que estoy haciendo el trabajo de una impresora, cuando pudiera ahorrarme tiempo imprimiendo y luego trabajando sobre esa imagen digital. Quizás piensan que pudiera obtener el mismo resultado visual, pero desde mi punto de vista no es el mismo resultado a partir de todo el proceso de trabajo. Porque sí, después de hacer la imagen la llevo a Photoshop y comienzo a crear y superponer capas, pero ya desde ese momento estoy creando otras realidades. Ya desde ese momento hay una edición consciente, una selección que luego llevo al calco pero con la impronta de mi mano. Una vez que comienzo a rellenar todas esas áreas que solo estaban a líneas, empiezo a sacar lo que son las luces y las sombras. Disfruto todo el proceso, lo gozo. Incluso pueden ser interesantes las reacciones ante las obras, que no se sepa si es un dibujo, una fotografía, una impresión…A mí me gusta estar un mes trabajando en un dibujo, por ejemplo; ahí se va dejando el paso del tiempo, de los días, es parte de la poesía, de la creación. Imagínate estar sentado delante del mismo dibujo durante más de un mes, lo vas cargando de cosas y el dibujo también te devuelve cosas a ti. Y todo parte de mi gusto por la fotografía. 1

Perspectiva. Técnica mixta sobre lienzo-130×160 cm. 2016

Esta cuasi confesión, me convirtió en testigo de su afán por gozar estéticamente los procesos de creación. Mediante el dibujo, Daniel devuelve una versión de la ciudad que responde a su imaginario como habitante, al fin y al cabo. Otras realidades, como él las llama, se van conjugando en los diversos soportes: lienzos, cartulinas, planchas de metacrilato. Su implicación técnica va más allá del telón conceptual que muchos artistas contemporáneos quieren echarse encima. De manera silenciosa, Daniel produce otros espacios ajenos a la finitud y en ellos refunda una visualidad microscópica y desapercibida de una ciudad alternativa. Desde entonces, su obra me invita a centrarme en los detalles, a olvidarme de la grandilocuencia de un edificio que se observa panorámicamente y a hacer un zoom a los elementos que lo “embellecen”.

Durante aquella visita también me mostró algunas obras sin terminar, sus materiales de consulta, libros, fotos, planos, referencias visuales de artistas en los que se reconocía: Le Corbusier, Gustavo Acosta, Carlos Garaicoa, Julio Larraz, Edgar y David2. Y asumí, lo que para él era relatarme las fuentes de las que había bebido, como un gesto de profunda sinceridad. Así, se me iban ocurriendo todo tipo de planteamientos y la posibilidad de algo más se iba gestando. Mientras, él seguía contándome cómo se emocionaba siendo apenas un estudiante, con la idea de que su obra rompiera todos los códigos de lecturas asociados al dibujo. Y asumí también, que cuando menos, esa era una razón para investigar más a fondo sus métodos. Tanto así, que este texto que suscribo es el saldo de una deuda que tengo con él, de esas deudas del alma.

Espacios inestables. Carboncillo sobre lienzo, 136 x 200 cm. 2018

Esperaba desafiar los claroscuros que consigue Daniel R. Collazo en sus trabajos. Y de nuevo, ¡qué ingenuidad la mía! Pensaba desarticularlos y que la ciudad dejara de ser tan caótica como la recuerdo. No lo conseguí.

No todas las ciudades son habitables. Algunas carecen del gentío mundano, otras son lapidadas por el silencio corrupto que la ennegrece y las acobarda. No todas las ciudades tienen luz, incluso, las hay que por extremistas no se dejan ver. En La Habana casi todo acontece envuelto en la oscuridad, poco la exime de esa niebla espesa que ralentiza la respiración. Sin embargo, Daniel se concentra en reivindicar sus pedazos imperfectos. Como si de un prisma se tratara, descompone paredes, vanos, prescinde de habitantes, porque la arquitectura que él representa se erige en sujeto todo, se aprovecha de sus cimientos y transgrede la faceta mustia de la ciudad. En sus evocaciones, incorpora elementos aleatorios, seres microscópicos que la repueblan, membranas que se adhieren o desplazan, modulando expansiones que el ojo interpreta cual movimientos telúricos. Desde el principio ha sido la superficie sensibilizada, la estructura conceptual que Daniel R. Collazo ha implementado en sus trabajos sobre la ciudad. Un flâneur, un artista, un habitante más en busca de las respuestas sobre aquel espacio expandido en el que moramos todos. La vida en la ciudad, la producción de obra en la ciudad, son dos facetas que unifica mientras pasa horas, días o meses trabajando a fondo en un proyecto. El dibujo como base fundamental de su despliegue técnico, luego se suman el acrílico, el collage y la fotografía como categorías formales para esgrimir en metáforas los recorridos del paseante visual. El ojo atento a los elementos arquitectónicos, a la hechura de la piedra, a la dejadez del escombro que eclosiona y retumba en composiciones vivas, en las que inculca la huella del grafito interminable. Porque el dibujo aquí no es solo ensayo, no es boceto o estudio para luego crear en otros medios. El dibujo es también sujeto, intérprete y vehículo que se despliega para contar ese espacio multifuncional que es la ciudad: Habitáculo desplazado, estructura descentralizada en la que ficción y realidad se entremezclan formando un nuevo estadio visual de aquella civilidad ausente en la que se originan sus entramados urbanos.

Sin título. De la serie Cartas a la Luna. Técnica mixta sobre lienzo. 70 x 60 cm, 2016

Daniel reúne sus obras en series, nombrarlas establece un correlato con su insistencia en bautizar la ciudad cual organismo vivo. Proyecciones (2011-2013); Simbiosis (2013-2015); Dibujos fotogénicos (2015-2018); Cartas a la luna (2015-2016); Ciudades infinitas (2018-…) tienen mucho de tanteo, de acercamientos y palpitaciones; como el explorador que primero examina el terreno y luego se sumerge en él para reconfigurar una historia de hospedajes. De ahí que aterricen en sus pasajes, microrganismos, bacterias, glóbulos rojos… De ahí que en las escenas en las que son captados, parezcan haber acabado con toda presencia humana. De ahí que la utopía se trastoque en la gravitación de rocas y capiteles. Une a estas series una maniera de hacer enfocada en lo fáctico, en la mutabilidad y la sensorialidad de espacios ajenos a su condición de reservorios. La ciudad fotogénica es también un factor de comunión entre series, ya sea desde puntos de vista locales que se supeditan a su permanencia en La Habana, su paso por Lima, Perú o sus pos-oníricas cartas a la Luna, amplio registro de formatos en los que una piedra, un fragmento de cornisa, una columna volátil o un muro en concupiscente soledad, se convierten en “lo salvable” de ese corpo stressato que es la ciudad. Los valores del blanco y el negro se prestan para esconder las imperfecciones y es evidente que en ese intento por salvarla de “lo sucio y lo feo”, Daniel la investiga, la disecciona con el lente y se vale de las fotografías – que él mismo toma – como documento desde el que recompone sus estudios arquitectónicos, dibujísticos y fotográficos. Hay una proyección casi racionalista en sus trabajos; un retorno al dibujo técnico si se quiere, a la cuadrícula y a la articulación y descomposición de planos que regurgitan situaciones que nos son contadas como si de un epistolario se tratara.

La ciudad de Daniel R. Collazo simula poderes que solo poseen, presumiblemente, las ficciones propias. La suya es una ficción utópica, una ficción fotogénica. La Habana dicta y en su oratoria, este artista ejecuta un tipo de praxis visual en la que el deterioro, la muerte y la desidia son suplantadas por la utopía posible de escribirle cartas a la luna.

1 Fragmento de la entrevista a Daniel Rodríguez Collazo realizada por Sandra García y Elisa María López. Especialistas de la Galería Galiano, 2018.
2 Se refiere a los artistas cubanos David Beltrán y Edgar Hechavarría, integrantes del del Grupo ENEMA (2000-2003).

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