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Drive my car: intimidad con el texto

La de Tío Vania de Chéjov es una historia de vidas que inevitablemente se marchitan, sumidas en la mediocridad, en matrimonios sin amor, en pasiones no correspondidas o en el hartazgo de oficios que no satisfacen. El protagonista de Drive my car, la última película de Ryūsuke Hamaguchi, permanece unido durante toda la trama a su texto: se llama Yusuke (Hidetoshi Nishijima), es director de teatro y actor y él mismo ha de encontrar respuestas a la interacción de su vida con aquella obra tras la muerte de su esposa, a la que amaba siendo consciente de sus infidelidades, con la que perdió una hija y que falleció repentinamente tras anunciarle que debían hablar. Y habiendo dejado grabado el texto de Chéjov en una cinta para que él pudiera interiorizarlo en sus viajes.

La posibilidad de entablar lazos íntimos con la literatura es solo uno de los asuntos que aborda esta película, larga y honda aunque ligera, cuyos personajes principales (el propio Yusuke y la chófer que acompaña sus traslados durante una residencia teatral) han hecho del silencio su estado vital y tardarán mucho en romperlo, aunque cuando lo hagan será de manera muy significativa. No habló Yusuke cuando descubrió a su mujer con otro, tampoco volcó su dolor cuando murió y casi nada hará sospechar a Misaki, impuesta conductora (Tōko Miura), que aprecia su trabajo hasta que sorpresivamente, y al cabo de muchos días, comente ante terceros su casi sublime manejo al volante. Ella también calla, pulcramente profesional, hasta verse respaldada y entonces, conocedora del carácter de quien viaja a su espalda, se atreve a revelar sin aspavientos la difícil relación que mantuvo con su madre muerta y su estricta soledad en el presente.

Ambos guardan heridas y culpas, en parte relacionadas con esos largos silencios (y con los conflictos planteados en Tío Vania) y su conversación justa y la propia puesta en marcha de la obra favorecerá que las sobrelleven. Desde el inicio del filme, entendemos que Yusuke cree en que de la repetición continua del texto, de la recitación exhaustiva previa a la escenificación, nacerá la penetración de las palabras en el alma de los actores y podemos deducir también que en la concatenación de sus acciones, en la constancia en sus maneras de entender el mundo o en sus rutinas (como la de no dejar que otros conduzcan su coche, pese a su problema visual, hasta verse obligado) encuentra algo parecido al equilibrio, un escape a la sensación áspera de que la charla no mantenida con su esposa tiene que ver con su final.

Vida y ficción se entrelazan y tan sanadoras resultan las palabras que cierran la obra teatral como sus conversaciones, sencillas y directas, con Misaki. Todo cambia, en realidad, para ambos, a partir de aquel elogio de la conducción que pudo no haber llegado pero que desató una alegría que la chófer manifestó acariciando con énfasis a un perro y también charlas, siempre concisas, con mucho para recordar: sobre la necesidad de la autoindulgencia para continuar viviendo, los traumas ocultos y una existencia que transcurre a pesar de ellos. Antes de esa alabanza sus figuras son enigmas, entre sí y para el espectador; después lo son un poco menos, aunque sus diálogos pueden admitir lecturas muy diversas: contienen emoción y dolor pero casi nunca explicitud. Si sus silencios, antes de esta secuencia, podían resultarnos opacos, después Hamaguchi logra que hablen por ellos también.

Drive my car, basada en un relato de Hombres y mujeres de Murakami como ha sido ampliamente difundido, guarda también sorpresas notables en el terreno de la fotografía -y debió suponer un desafío-. La mayor parte del filme transcurre en un coche, que aquí se convierte en refugio (para escapar del encuentro al que se teme), en espacio para el estudio y la reflexión, para el silencio y después, rotos los hielos, para una conversación que en este caso, por sincera aunque sucinta, tiene mucho de salvífica. Así mismo, como decíamos, la ficción lo es y se entrelazan en el filme muchas: la mujer fallecida de Yusuke, ella igualmente dramaturga, inventaba durante el sexo historias que luego olvidaba y que él debía recordar; como lo harían sus amantes, entre ellos uno de los actores de Tío Vania, que hubo de completar una de esas tramas inacabadas para el marido.

Literatura y dolor hasta que llegue nuestra hora: Moriremos sumisos, y allí, al otro lado de la tumba, diremos que hemos sufrido, que hemos llorado… Dios se apiadará de nosotros y entonces, tío, querido tío… conoceremos una vida maravillosa…

 

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