Galería Norte Verde

Los últimos melocotones de Alcarrás

Hace casi una década filmó el director georgiano Zaza Urushadze Mandarinas, una película por desgracia de actualidad, ambientada en la Guerra de Abjasia en los noventa, en la que nunca veíamos el frente de batalla pero sí sus ecos en las plantaciones de un agricultor estonio y su vecino, que se habían resistido a abandonar el lugar y que las continuaban recogiendo. Es una guerra contra mis mandarinas, decía el amigo; y ante la réplica de que luchaban por la tierra, contestaba que por la tierra donde crecía su fruta.

Harían falta estadísticas para saberlo, pero probablemente la conexión familiar, emocional y física, entre un terreno y quienes se ocupan (y dependen) de él trasciende todas las fronteras. Las razones posibles son muchas, pero quizá tengan relación con que donde se pone el esfuerzo se coloca también el sentimiento y con el hecho de que, salvo causas de fuerza mayor venidas del cielo, el fruto que del campo se obtiene, fruto en sentido literal que no económico, depende del todo del propio trabajo y no de decenas de factores externos, como en el mundo urbano. En cualquier caso, cuando quien se dedica a la agricultura por devoción y tradición tiene que dejar sus tierras sin más remedio nace ahí un drama que tiene poco que ver con cualquier otro de carácter estrictamente laboral.

En él se zambulle Carla Simón en Alcarrás, la película con la que obtuvo el Oso de oro en el último Festival de Berlín y que tiene como base, como Verano 1993, algunas vivencias de su familia. Ante las escasas ganancias que puede ofrecer la venta de fruta cuando esperar que se aprueben precios justos parece una entelequia, y las dificultades para probar la propiedad de una zona de cultivo, el clan protagonista de la obra se enfrenta al fin de un tiempo que les daba certezas: los melocotoneros van a ser sustituidos por placas solares, más lucrativas, impersonales e infelices. Y lo que está en juego es más que el sustento: la terra ferma, la casa amada; el coche abandonado en el que los niños juegan junto al pantano, como no puede jugarse en otro lugar; la faena compartida con los propios y no con los extraños, las enseñanzas de generación en generación, la vida al aire libre…

Llena de ternura y belleza, y desde un naturalismo favorecido por el hecho de que sus actores sean, casi todos, no profesionales y del lugar, la película sitúa al espectador extraordinariamente cerca de sus personajes, trazando sus personalidades con delicadeza, cuidando el trabajo de la cámara para que juegue a su favor, y consiguiendo lograr un relato coral de la existencia en torno a los melocotones de una familia amplia, ruidosa y unida, a la par contemporánea y anclada en los valores básicos. Las desavenencias llegarán con las placas, porque las diferencias en la fidelidad a la tierra adquieren en estos contextos rol de traiciones; ha ocurrido y ocurre.

El prodigio de esta película es su sencillez a la hora de contar precisamente lo sencillo, porque lograrlo no tiene nada de simple: Simón capta que en un coche destartalado es posible encontrar un paraíso que no se quiere perder, que elegir qué frutas hay que recoger y cuáles dejar madurar es un trabajo menudo, que el abuelo habla poco pero todo lo sabe expresar y que también todo el amor puede caber en un masaje en la bañera o en el acto de cerrar una puerta ante una conversación incómoda. Hay mucha vida en Alcarrás, sin sobrecargar el guion, y la conciencia de que justamente la conocida está quedando atrás suma intensidad a las comidas familiares, las miradas al paisaje, las verbenas del pueblo y los juegos de los críos, que en algún momento, cansados de guerrear, privados de aquel coche roto e incluso de su compañía, por las rencillas entre hermanos, anticipan el colapso último: las grúas.

Si en el cine español se están recuperando muchas miradas, en campos también muy cercanos hay cosechas y formas de vivir que merece la pena valorar.

 

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